CUENTOS DEL TORO NEGRO · LECTURA COMPLETA

Es Cupido

Una relación atravesada por el deseo, el control y la dependencia convierte una frase íntima en una marca difícil de borrar.

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UNIVERSO TAURO · CUENTO COMPLETO

—No te muevas —dijo.

Le hice caso. Siempre le hago caso.

Se inclinó y me dejó su saliva caliente en el labio, tibia, poquita, pero suficiente para asquearme.

Luego la extendió con el pulgar, lento, y me miró fijo.

—Es cupido —soltó, sin risa. Yo me quedé congelado con esa cosa encima, queriendo tragarme el orgullo y la arcada al mismo tiempo.

—¿Qué? —pregunté, con la voz quebrada. —Cupido. Flechazo. Pegamento. Ya sabes.

Quise decirle que estaba pendeja, que eso no era amor, que eso era un acto de poder, una marca. Quise decirle que yo venía arrastrándome desde mucho antes de conocerla y que ella nada más había encontrado la tuerca floja, el punto exacto dónde apretar. No dije nada. Me quedé ahí, obediente, sintiendo cómo ese gesto me prendía una parte del cuerpo y me apagaba otra. Abril sonrió con un filo que nunca termina de volverse sonrisa.

—Límpiate con tu propia lengua —ordenó. Lo hice. Con una entrega que me dio pena después y deseo en el instante.

Cuando se levantó, agarró su chamarra y el encendedor de la mesa. Encendió algo suave, nada que la tumbara, nada que la hiciera perder el control. Esa era su regla: anestesia funcional. Yo la veía fumar y entendía que hasta para huir tenía método.

—Te vas a quedar —dijo. No era pregunta.

—Sí —me salió, sin pensar.

Yo ya cerca de los treinta y esa palabra me salió con la misma facilidad con la que a otros les sale “buenos días”. Me sorprendió mi propia docilidad, pero al mismo tiempo me dio paz. Abril me dejó en la cama y se fue al baño. Yo escuché el agua, la toalla caerse, el roce de su ropa. En mi teléfono brilló una notificación. Mi hermana preguntando si iba a ir al cumpleaños de mi sobrino. Mi madre mandando una foto vieja, un recordatorio disfrazado. Yo no contesté. No podía.

Yo era un hombre entero, parado al borde de su vida, y sin embargo todo mi cuerpo estaba en un cuarto ajeno esperando que una morra de veintitrés regresara a decirme qué soy.

Cuando volvió, traía el cabello recogido y la mirada seca. Se sentó sobre mí con un peso exacto, ni suave ni violento: calculado. Me agarró la cara.

—Mírame —dijo. La miré. Abril tenía una presencia que te obliga a enderezar el aire. Magnética, sí, pero incómoda. En ella la vulnerabilidad venía con filo, lista para defenderse: te dejaba acercarte lo suficiente para sentirla, pero jamás lo suficiente para sostenerla.

—¿Por qué estás tan nervioso?

Yo quise decirle “porque te necesito” y se me atoró el orgullo. Quise decirle “porque te vas a ir” pero no quise que me sintiera chiquito. Me fui por el camino más cobarde.

—Me gustas

Abril soltó un sonido pequeño, un desprecio con forma de exhalación.

—Eso no dice nada. — Me apretó la mandíbula. —Dime lo real.

Lo real era que llevaba semanas sin dormir bien desde que ella apareció. Que revisaba mi teléfono cada cinco minutos. Que me dolía el pecho cuando pasaban dos horas sin mensaje. Que yo ya no hacía planes con nadie por miedo a que me escribiera y yo estuviera ocupado. Que había dejado de ver a mis amigos, a mi familia, había dejado de hacer ejercicio y a veces hasta de trabajar. Que comía cualquier cosa. Que me lavaba los dientes con prisa para ir a verla, para llegar temprano, para no darle razones de olvidarme.

—Me da miedo que no me elijas —dije al fin.

Parpadeó despacio. Por un segundo se asomó algo tierno en su cara, algo que pudo haber sido una niña pidiendo cuidado, ayuda. Se fue rápido. En su lugar llegó la dureza.

—Yo no elijo gratis —y sonrió, casi malévola—. Nadie elige gratis.

Me dejó un beso corto, seco, y luego bajó la voz.

—Tú quieres que te elijan aunque no valgas nada. ¿Verdad?

Me atravesó, nadie hasta ese día me había dicho que no valía nada, nadie que no fuera yo. Quise negar. Me quedé callado. Abril me soltó la cara.

—Eso es vacío —dijo—. Yo lo conozco. Yo nací con eso pegado a la piel.

Se bajó y caminó hacia la ventana. Se quedó viendo la calle, los coches, la gente pasando sin enterarse de nuestra pequeña guerra.

—A mí me toleraron —soltó de repente—. Eso fue lo más cercano a cuidado.

No me volteó a ver. Lo dijo hacia el vidrio, hacia el ruido. Yo me levanté y fui tras ella, despacio, con miedo de acercarme demasiado.

—Yo… —empecé. Abril levantó la mano y me cortó.

—No me vengas a arreglar. No eres loquero. No eres papá. Eres… —me miró de reojo, de pies a cabeza, con cierto desprecio— eres alguien que espera, que se queda. Ese “se queda” me sacó la respiración.

—Sí —tragué saliva

—No te emociones —me aventó la frase—. Eso también se acaba.

Me dolió. Me prendió.

La relación empezó así: con una orden y una amenaza. Y con sexo que dejaba el cuerpo vacío y la mente llena de ella. Yo no tenía referencia para lo que se sentía estar con alguien que te toca y al mismo tiempo te avienta.

Abril no cogía para relajarse. Cogía para hablar. Su lenguaje era el contacto: la mano en la nuca, el peso en la espalda, el gesto de jalarte al mismo tiempo que te empuja. Atracción y desprecio. Deseo y asco. Yo me volvía mejor cuando ella mandaba. Me volvía peor cuando se iba.

Los días que estaba, yo funcionaba. Los días que desaparecía, yo me hacía pedazos en silencio.

Me acuerdo de una noche en un bar de la Roma. Ella llegó tarde, maquillaje perfecto, esa estrategia de control pegada en la ropa. Se sentó frente a mí, pidió mezcal sin preguntarme si yo quería. Yo ya había pedido otro antes, para no parecer ansioso. No funcionó.

—Te ves feo —dijo, mirándome la cara como quien revisa fruta.

—Trabajé —mentí.

Abril sonrió.

—Tu no trabajas, solo esperas un mensaje mío, mientras te haces güey.

Me reí por reflejo. Se me atoró la risa.

—No empieces —le dije.

—¿Qué? —preguntó, inclinándose—. ¿Te arde?

Yo apreté los dientes.

—No me gusta cuando juegas.

Abril se acercó más.

—Esto es juego. Acostúmbrate.

Me tocó el muslo por debajo de la mesa, apenas, justo donde nadie ve. Mis manos temblaron.

—Necesitas que yo te diga qué eres —susurró—. Tú no tienes idea.

Yo quería negarlo. Mi cuerpo me traicionó.

—¿Qué soy? —se me salió.

Abril abrió los ojos, satisfechos, y bajó la voz a un filo.

—No eres nada, pero eres mío mientras te quedes.

Esa frase me dejó con el pecho caliente. También me dejó más pequeño.

En el baño del bar, con la música vibrando del otro lado de la puerta, me empujó contra la pared. Me agarró del cuello con la fuerza justa para que yo supiera que podía apretar más. Yo respiré corto, obediente, mirando su cara tan cerca.

—Dime que no vas a andar de víctima —me dijo.

—No.

—Dime que te gusta cuando mando.

Yo no quería decirlo. Lo dije.

—Me gusta.

Abril soltó una risa chiquita. Me escupió otra vez, directo, sin ceremonia. El escupitajo me cayó en la boca abierta porque yo estaba respirando. Me dio asco un instante. Luego me cayó la realidad encima: lo había aceptado. Mi cara lo aceptó antes que mi orgullo.

Me besó.

Salimos del baño con la cara seria. Nadie supo. Nadie tenía por qué saber. Abril caminó de regreso a la mesa con la frente alta, invencible. Yo caminaba detrás con el corazón ardiendo y la garganta marcada por su mano, un recordatorio invisible.

Esa era la dinámica: ella marcaba, yo guardaba. Ella atacaba, yo me quedaba. Ella se retiraba, yo la buscaba.

A veces se ponía tierna de golpe. Me escribía a las tres de la mañana: “ven”. Y yo iba. Siempre.

En su casa me recibía con una mirada blanda, casi dulce. Me tocaba la cara con cuidado.

—Te veo cansado —decía.

Yo me aferraba a esa ternura porque sabía que duraba poco. Me agarraba de esos instantes en los que parecía humana, en los que parecía que me quería sin cobrármelo.

Luego venía el otro lado. El filo. La prueba.

—¿Qué harías si un día me harto? —preguntaba.

Yo tragaba saliva.

—No sé.

Abril se sentaba en la orilla de la cama y prendía su humo suave.

—Mientes —decía—. Tú sí sabes. Te harías pedazos.

No tenía ganas de darle la razón.

—No, yo… —intentaba.

—Sí —me cortaba—. Te conozco más de lo que te conoces tú.

Esa era su violencia: nombrarme. Ponerme una etiqueta y obligarme a vivir dentro de ella.

Yo intentaba defenderme con dignidad, a ratos.

—Tú también —le decía—. Tú también te haces pedazos.

Abril me miraba con un brillo raro, una alegría oscura.

—Yo me hago pedazos, pero soy cool —respondía dando una calada—. Tú te haces pedazos rogando.

Y ahí me daba la estocada.

Lo peor es que yo la admiraba por eso. Admiraba su capacidad de no pedir. De tomar. De negociar el cariño sin suplicarlo. Me jodía que esa seguridad viniera de una herida. Me jodía más que yo quisiera la herida completa, el paquete entero, el daño incluido.

Una tarde, después de una semana sin verla, me citó en un motel cerca de Tlalpan. Ni siquiera dijo “hola”. Solo mandó ubicación.

Yo llegué antes. Siempre llego antes. Me senté en la cama y esperé viendo el techo. Me ardían los dedos. Traía el estómago vacío y la cabeza llena de ella.

Cuando entró, traía una bolsa pequeña y los ojos encendidos.

—Te tardaste —dijo, sin sorpresa.

—Sí.

Abril cerró la puerta y se quedó recargada un segundo. Me miró como quien mira una herramienta que funciona.

—Te portaste bien —soltó.

Yo sentí el golpe de esa frase en el pecho, la recompensa sucia. Mi cuerpo respondió con gratitud. Me dio asco la gratitud. Me di asco.

Abril se acercó y me empujó al colchón.

—No hables —ordenó.

El sexo con ella era un choque. Ella sabía leerme el cuerpo, sabía dónde tocarme para quebrarme la postura. Había algo de sadismo en su manera de acercarse: no por crueldad gratuita, sino por necesidad de sentir control, de sentir que alguien se somete porque ella lo exige. Había marcas que dejaba sin exhibir, señales que yo guardaba debajo de la camisa. Ella las veía al día siguiente y se calmaba. Yo las veía en el espejo y me daban ganas de tenerlas tatuadas, ganas mezcladas con repulsión.

Después nos quedamos tirados, sudados, mirando la pared.

Abril se levantó primero. Siempre se levanta primero. Se puso la ropa, se acomodó el cabello, se miró en el espejo con ese brillo que le carga el cuerpo.

—¿Ya? —pregunté.

—Ya —dijo.

Me dolió que lo dijera tan fácil.

—¿Te vas? —se me salió la inseguridad.

Abril se amarró las agujetas, lenta.

—Me voy a ir siempre —respondió—. Esa es la única promesa real.

Me quedé sin aire.

—Entonces qué hacemos —dije—. ¿Qué soy para ti?

Abril se acercó. Se agachó frente a mí. Me agarró la barbilla.

—Ya te dije, no eres nada. Eres alguien que me aguanta —dijo—. Solo eso.

Me besó, corto, me mordió el labio inferior y se fue.

En ese cuarto de motel me dejó la cara húmeda otra vez. “Es cupido”, dijo, y yo no pude evitar reír. Reí con una alegría enferma, por fin alguien me daba un nombre que me quedara.

Yo me quedé sentado en la cama, esperando un mensaje que no iba a llegar. Y aun así lo esperaba. Me dejó el cuarto oliendo a ella, el cuerpo vibrando, el corazón arruinado.

La dependencia no se presenta con música triste. Se construye poco a poco, con decisiones pequeñas que te dejan sin vida propia: borras tus planes para que alguien te elija un ratito, justificas lo que te duele porque lo que te prende vale más, te perdonas humillaciones por miedo a la ausencia.

Y yo… yo me volví experto en tomar esas decisiones.

Había noches en las que me dejaba en visto y yo me inventaba razones: “está cansada”, “está ocupada”, “está mal”. La verdad era más simple: podía. Tenía ese poder. Y a mí me gustaba que lo tuviera, porque me quitaba la responsabilidad de decidir.

Una madrugada, después de una pelea pendeja por un mensaje que respondí tres minutos tarde, me llamó. Contesté al primer tono.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—En mi casa.

—Sal.

No dijo más. Colgó.

Yo me puse los tenis y salí al frío. Caminé hasta la esquina, esperando verla llegar en un Uber o aparecer de la nada. Tardó cuarenta minutos. Se bajó del coche sin mirarme.

—Te tardaste —dijo, como si yo hubiera elegido el tiempo.

—Tú me llamaste —contesté, con un hilo de dignidad.

Abril me agarró del brazo y me jaló hacia el coche. Se subió conmigo y le dijo al conductor una dirección.

Yo la miré.

—¿Qué haces?

Abril sacó su encendedor, lo giró en la mano.

—Te estoy viendo —dijo—. Te estoy midiendo.

—¿Por qué?

Abril me miró por primera vez en serio.

—Porque un día te vas a ir —respondió—. Y quiero saber qué tan feo se siente antes de que pase. Quiero saber si siento algo.

Me quedé callado. Esa frase era una confesión de pánico disfrazada de ataque. Abril vivía con la sensación de abandono pegada a la lengua. No pedía cariño. Lo tomaba. Lo negociaba. Lo convertía en pacto sucio.

Nos bajamos en una esquina. Llegamos a un puente peatonal, arriba del tráfico. Subió las escaleras, se paró en el borde. Yo la seguí.

—No me dejes —dijo, mirando las luces.

Me rompió. No por la frase. Por el tono. No era súplica: era una orden hecha de miedo.

—No te dejo —dije, y sentí que me vendía.

Abril volteó. Me agarró la cara.

—Entonces aguanta —dijo.

Me besó fuerte, me mordió el labio, me dejó el sabor de su boca y ese gesto de saliva otra vez, mínimo, para sellar. Me ardió. Me prendió. Me calmó. Me degradó.

—Para que te acuerdes —susurró.

Yo quería odiarla. Quería irme. Quería empujarla al vacío del puto puente, lejos y volver a mi vida. Pero mi vida ya era esto: un pinche satélite, estar en su órbita, girando con la boca abierta, recibiendo saliva.

Una semana después, me dejó. Así, seco, en un audio de quince segundos.

“Ya no puedo contigo. Me cansas. Me das hueva. No me busques… (silencio)”

Yo me quedé viendo el teléfono, con la garganta apretada. Las manos me temblaban. Me levanté de la cama y caminé por la casa como animal encerrado. Le marqué. Directo al buzón. Le escribí. Bloqueado. Nada. Me fui al baño, me vi la cara, me dio vergüenza. Me dio rabia. Me dieron ganas de salir corriendo hacia ella.

No dormí. No dormí tres días, viendo el teléfono, tres días viendo una pantalla cada 5 minutos. Hasta que, por fin, llegó un mensaje, ese sonido de notificación que había asignado solo para ella, para no emocionarme con cualquier sonido o vibración.

“Trae cigarros. Y agua.”

No “perdón”. No “te extraño”. Ni siquiera un pinche “hola”. Instrucciones.

Yo fui.

Cuando abrí la puerta de su casa, ella estaba sentada en el piso, espalda contra la pared, mirada perdida. Tenía los ojos rojos. No por llorar bonito. Por cansancio.

Me vio entrar y no se levantó.

—Te tardaste —dijo.

Yo le dejé las cosas junto.

—¿Estás bien? —pregunté, torpe.

Abril se rio, corta.

—¿Qué importa?

Me senté a su lado. Nos quedamos en silencio. Yo sentía su cuerpo cerca, esa calma extraña que me daba su presencia, aunque fuera hostil.

Abril prendió un cigarro. Me ofreció. Yo lo tomé. Fumé aunque me mareaba. Quería compartir lo que fuera que la calmara.

—¿Por qué me cortaste? —pregunté.

Abril soltó el humo.

—Porque me dio miedo —dijo, directo—. Me dio miedo que me quisieras de verdad.

La honestidad me pegó más que cualquier insulto.

—Yo sí te quiero —dije.

Abril me miró con ese brillo negro.

—Necesitar no es querer.

Se acercó y me tocó la nuca con una ternura brutal, una caricia que dolía porque venía de alguien que no sabe sostenerla.

—Tú te quedas —dijo—. Y yo me voy. Esa es la fórmula.

—Podemos cambiarla —intenté.

Abril se echó a reír. Me soltó la risa encima, un sonido seco.

—Tú no quieres cambiarla —me respondió—. Tú quieres sufrir conmigo porque eso te hace sentir elegido.

Me quedé sin palabras. Tenía razón. Y eso me quebró más.

Abril se acercó y me dejó otro vez su saliva en la mejilla, casi un mimo. Luego lo limpió con sus dedos y me besó donde estaba la marca.

—Para que no se te olvide —dijo, bajito.

Y yo entendí la trampa completa: la flecha real era esa mezcla de asco y deseo, esa punzada hecha de humillación y placer, esa cosa que te pega al otro cuando la dignidad ya no alcanza.

Nos levantamos del piso y fuimos al cuarto. Todo volvió a ser intenso. Todo volvió a ser perfecto en el cuerpo. En la mente era otra cosa: una cuerda apretándose lento.

Después, Abril se quedó mirando el techo.

—Tengo miedo de necesitar —dijo—. De sentirme menos.

Yo quise abrazarla. No me atreví.

—A mí me da miedo no servir —confesé.

Abril soltó una carcajada sin humor.

—Servir… —repitió—. Qué palabra tan triste.

Se volteó hacia mí.

—No me sirvas. Quédate. Es distinto. Si no te quedas, no sirves.

Yo asentí, con lágrimas que no salieron.

Una relación así no se rompe con un “ya estuvo”. Se pudre lento y se vuelve casa. Te acostumbras al olor, al golpe, a correr cuando te llaman.

Con Abril yo aprendí a vivir con el teléfono como collar.

Un viernes, en una fiesta en casa de sus amigos, la vi reír con otro. No era coqueteo descarado, pero era suficiente, era esa risa, esa mirada del día que la conocí. Se me prendió el veneno.

Me acerqué y le dije al oído:

—¿Qué estás haciendo?

Abril me miró sin culpa.

—Viviendo.

Me dolió esa respuesta porque era verdad. Yo estaba sobreviviendo.

En el baño me arrinconó.

—No me hagas escenas —dijo.

—Me estás matando —solté, bajito. Me agarró del cuello otra vez.

—Pues te estás tardando. ¿no?

Esa manera suya de callar mis excesos. Me apretó lo suficiente para recordarme quién tenía el poder.

Me pasó la lengua húmeda con aliento a mezcal por toda la cara, sentí el charco en las pestañas.

—Así te calmas —susurró.

Y era cierto. Me calmó. Eso era lo enfermo: que el mismo gesto que me degradaba me ponía el corazón en orden.

Salimos del baño y yo volví a sentarme, mudo, mirando cómo ella seguía brillando entre gente que no la conocía. Nadie veía su necesidad. Nadie veía su miedo. Nadie veía el pánico detrás de esa postura controlada.

Yo sí lo veía. Y en vez de salvarme, me amarraba más. Yo la veo como un animal herido, ella me ve como un animal amarrado, animal adicto a su saliva.

Una noche, ya harto de mí, le dije que me iba.

—Ya —solté, de pie en su sala—. Ya no puedo.

Abril siguió pintándose las uñas en el sillón. Ni levantó la vista.

—Pues ya vete —dijo.

Me quedé quieto. Esperaba que me detuviera. Esperaba una frase, un gesto, cualquier cosa.

Abril sopló sus uñas.

—¿Qué? —preguntó al fin—. ¿Necesitas que te ruegue?

La calor se me subió a la cara.

—No —mentí.

Abril levantó la mirada.

—Entonces vete.

Di dos pasos hacia la puerta. Me temblaban las manos. No abrí.

Abril soltó una risa mínima.

—No eres de irte —dijo—. Eres de anunciarlo, por eso me das hueva.

Quise odiarla. No pude. Era cierto.

—Dime que me quieres —me salió, ridículo.

Abril al fin dejó de mirarse las uñas. Caminó hacia mí y me agarró la cara con ambas manos.

—Te quiero donde me sirves —dijo—. Te quiero cuando te quedas.

Yo cerré los ojos. Sentí un alivio oscuro.

—Eso te basta —agregó, y en su tono había una tristeza que me partió.

Otra vez sentí su baba, tibia, en la comisura del labio. Después me besó con una paciencia rara, casi amorosa.

—No te confundas —me dijo, cerca—. Ya sabes qué es esto.

Yo abrí la puerta, lo dude un segundo, la cerré. Me quedé. Otra vez. Siempre otra vez.

Hay noches en las que Abril me mira dormido y me toca la cara con cuidado, y se le quiebra algo en los ojos. No lo dice. No lo sostiene. Se levanta, va al baño, se lava las manos, vuelve a ser dura. Yo finjo dormir. Me quedo quieto, escuchando cómo respira, esperando que no se vaya y deseando que sí.

Y hay mañanas en las que me despierto con el teléfono vibrando. Un mensaje suyo.

“Ven.”

Yo me levanto, nada más importa, salgo a la calle con el mismo puto nudo en la garganta, con la misma pinche ansiedad.

La ciudad avanza sin mí. Yo avanzo hacia ella.

Abril abre la puerta y me mira con esa mezcla de ternura y frialdad defensiva.

—Te tardaste.

Yo asiento, ya sin mirar el reloj. La puerta queda abierta a mi espalda, el pasillo ahí, intacto, como una salida que no me está prohibida. No hay llave, no hay candado, nunca lo hubo. Ella me deja el charquito en el labio, mínimo, ritual.

—Es cupido —susurra.

Y mi cuerpo, que ya aprendió la trampa, se calma.

TORO NEGRO

FEB 2026

FIN

DESPUÉS DE LEER

¿Qué te dejó
Es Cupido?

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