CUENTOS DEL TORO NEGRO · LECTURA COMPLETA

Oiga Jefe

Un hombre en situación de calle pide una moneda, pero sobre todo pide un instante de escucha para contar cómo perdió las manos y su lugar en el mundo.

Portada de Oiga Jefe
UNIVERSO TAURO · CUENTO COMPLETO

Oiga, jefe… oiga, jefe, espéreme tantito. No se me vaya. Nomás un segundo y ya. Mire, ya sé. Ya sé que huelo a sudor guardado, a meados secos, a trapo húmedo olvidado en bolsa. Ya sé que traigo la ropa tiesa, la piel rajada por sol y frío, y que usted me ve y se le endurece la cara. Ya sé. Yo me lo huelo primero. Yo me lo trago primero. Yo me lo aguanto primero.

Oiga, jefe… ¿no trae una moneda? Una. La que sea. O algo de comer, lo que caiga: un pan, unas sobras, una fruta aunque esté pasada, no importa. Hoy traigo el estómago pegado, pegado a la espalda. Se me sube el aire caliente por la garganta y me doy asco. Ando desde temprano dando vueltas y lo único que me cayó fue un café aguado y un bolillo que se hacía polvo en la mano.

No se me asuste. No le voy a agarrar nada. Ni puedo. Mire. Mire mis manos, bien. Me faltan. Me dejaron nomás estos dos pulgares, jefe. Con esto no jalo un celular, con esto no abro una bolsa, con esto no saco una cartera. Con esto agarro una botella cuando se deja, y cuando no, se me resbala, se me estrella, y ahí me ve pisando vidrio con los pies pelones, por eso ya nomás compro de plástico jefe, de este, mire, el “Tonay”, trae agarradera, y cuando alcanza ps alcanza pa' este.

No se tape la nariz, jefe. Ya sé, ya sé. Así vivo. Me baño cuando cae agua, cuando hay llave, cuando alguien me deja entrar a un baño de gasolinera, sin correrme a gritos. A veces me echo agua en una fuente y me tallo rápido, y por un ratito siento la cabeza más ligera. Dura lo que dura el chorro. Luego la calle se me vuelve a pegar encima.

Oiga… una moneda. Si no trae, dígame. Nomás dígame “no traigo” y ya. A veces me dicen “no gracias”, y yo me rio porque ps… ni modo que yo hiciera un favor pidiendo, existiendo. No me aviente esa cara de que le voy a pegar algo con la mirada, los muñones no se contagian jefe. Yo también fui persona de trabajo. Yo también traía manos completas. Yo también traía uñas cortadas. Yo también decía “buenos días” y me contestaban. Sí, jefe. Yo también.

¿Me da chance de contarle? Es que se me amontona aquí, se me hace bola. Si no lo saco, me ahogo. Si lo saco, al menos camino otro rato. Yo vengo por una moneda, por un taco, por algo que me caliente el cuerpo, pero también vengo por oído. Tantito oído, jefe. Tantito. Jefe, escúcheme, nomás tantito.

Mire… yo era herrero. Sí, herrero. De guillotina, de cizalla; de esas máquinas que bajan y cortan la lámina sin temblar. Yo chambeaba en una herrería de acá, de la ciudad, allá por Azcapo, ¿si conoce? Je, nel usted se ve acá bien nais… ¿apoco si? Tenía veinticinco, jefe, y venía del pueblo, de allá de Puebla, con mi esposa y mi niña. Mi niña tenía un año: olía a leche y a babita y se me quedaba pegada a la camisa.

Yo llegué a pedir chamba igual que ahorita, nomás que en ese tiempo traía dedos, todos, completitos. Entré al taller y le dije al patrón: “oiga, jefe, ¿no tendrá trabajo?” El patrón me midió y me dijo que sí, que empezara barriendo, que ahí se aprende trabajando. Y yo dije “sí, mi jefe”. Me salía solito. En el pueblo te enseñan a hablar así para que no te pisen.

Barría y barría. Barriendo ves todo. Ves cómo el fierro te muerde, cómo la rebaba te abre la piel, cómo el metal caliente te avienta vapor a la cara. Yo me corté varias veces; me saqué espinitas de metal con los dientes. Sientes el filo entre muela y lengua, ese gustito a sangre chiquita, y sigues. Porque la renta. Porque mi esposa. Porque mi niña agarrándome el índice y apretando, todavía me acuerdo cómo se sentía traer a mi niña ahí pescada.

El patrón me trataba bien. Me daba de sus tacos a veces. Me preguntaba por la familia, por la niña. Yo le enseñaba una foto doblada: mi niña con el pelo paradito, los ojos grandotes. El patrón sonreía y me decía “échale”, y yo sentía que ya estaba entrando.

Pero los otros… los otros traían veneno. Me decían “El pueblito”, “El indio”, “El chapopote”. Me aventaban pedazos de lámina para verme brincar. Me escondían la escoba. Se burlaban de mi forma de hablar, yo hablo mazateco jefe, si mazateco, … ¿Cómo se escribe? No sé, jefe… con z dicen, creo, aquí nadie me entiende, decían que olía a tierra. Yo apretaba la mandíbula y aguantaba, aguantaba porque en la casa estaban ellas y yo tenía que llegar con algo.

Un día se les ocurrió su mamada, jefe. Esa mamada que te cambia el cuerpo. Ese día me hablaron bonito y ahí valí verga: “ven, carnal”. Me ofrecieron una coca, me preguntaron por mi niña, me dijeron que ya me estaba ganando el lugar. Y yo, pendejo, les creí. Me calentó el pecho sentirme “carnal”.

Me llevaron a la guillotina. La lámina puesta, la cuchilla arriba, todo callado. Me dijeron: “hay que medir el tope, pon tus manos aquí, derechitas.” Yo los miré y pensé en usar una regla. Se rieron. Me dijeron “¿qué, te da miedo?” Me dijeron “si vas a andar así, sigue barriendo.” Me picaron el orgullo. Me lo patearon.

Pensé en mi esposa. Pensé en mi niña. Pensé que si aprendía esa máquina iba a ganar más y, de paso, iban a dejar de chingarme. Metí las manos.

Planas, dedos estirados. Sentí el metal frío pegado a la piel. Sentí el zumbido de la máquina metido en el piso. Me dijeron “ahí quédate”. Respiré hondo y me quedé.

Y uno, el hijo de su chingada madre, jaló la palanca.

Fue seco, jefe. Un golpe que se te queda tatuado en el cráneo. Primero sentí un calor que sube en chinga. Luego el dolor, un dolor que te rompe la cabeza por dentro. Miré y tardé un segundo en entender. Vi mis dedos en el piso: tirados, con uñas, con sangre, todavía con vida. Ahí, como piezas sueltas, como la basura que yo barría, pero con sangre, inmóviles.

Grité hasta quedarme ronco. Me fui de rodillas. La sangre salió a chorros. Quise agarrar mis dedos y ya no pude; quise apretar para detener la sangre y todo se me resbalaba. El piso se volvió rojo y resbaloso, mi ropa también, todo rojo jefe. Los cabrones se quedaron tiesos. Luego uno dijo “verga”. Otro dijo “fue accidente”. Uno vomitó. El que jaló la palanca se fue para atrás con la cara blanca. Yo los vi y se me llenó el cuerpo de ganas de morderlos.

Llegó el patrón gritando. Me subieron a una camioneta. Me apretaron los muñones con un trapo rojo, sucio, lleno de aceite. Las luces se me abrían y se me cerraban. Y en medio de todo, lo que me reventó fue pensar: ya no voy a poder agarrar a mi niña. Eso me quebró, jefe. Eso.

En el hospital olía a miedo. Me picaron, me amarraron, me metieron agujas. Me dormía a ratos. Despertaba y veía el techo blanco. Un doctor hablaba de tejido, de tiempo, de intentar. Yo veía las vendas: dos bultos. Y el dolor pegado ahí, terco. A veces sentía dedos que ya no estaban, y me dolían más que cualquier cosa.

Los del taller fueron una vez. Llegaron con pan, con cara de trámite. Dijeron “perdón” mirando al piso. El que jaló la palanca se escondió. Yo los miré y me dio vergüenza: vergüenza de estar ahí desarmado, vergüenza de que me vieran. El coraje se me mezcló con la vergüenza y me di asco, asco por sentir vergüenza.

El patrón me dio lo del seguro. Me dio un sobre amarillo con dinero. Puse mi huella en papeles con el pulgar en tinta azul. Me dijeron que con eso me acomodaba. Regresé al cuartito. Mi esposa llegó con la niña. Cuando vio mis manos se le fue la cara. Se sentó en la cama, se tapó la boca. La niña lloró. Yo intenté cargarla y se me resbaló. Mi esposa la agarró rápido y me miró.

Esa mirada te mide la vida, jefe. Te la cobra.

Yo hablé. Hablé de más. Dije que iba a buscar chamba, que podía ser velador, barrer, lo que fuera. Aventé palabras para tapar el hueco, para agarrar algo con la boca aunque fuera. Esa noche ella me cambió las vendas, me limpió la sangre seca, me dio de comer, me habló bajito. Al otro día, temprano, me dijo que se regresaba al pueblo con la niña. Que allá tenía techo con su mamá. Que aquí la renta se tragaba todo. Que la niña necesitaba. Que ella no podía cargar conmigo y con la criatura al mismo tiempo.

Quise detenerla. Quise agarrarle el brazo. Mis pulgares se quedaron en el aire agarrando nada. Agarró setecientos pesos del sobre, “pal pasaje” me dijo. Y me dejó el sobre en la bolsa. Ella cargó a la niña y se fue. Sin ruido. Se fue porque la vida empuja.

Me quedé en la puerta con el sobre amarillo en la bolsa, con lo que había, con lo que sobraba. Me senté. Vi mis muñones. Me salió una risa fea. Luego me dieron ganas de azotarme la cabeza contra la pared y lo hice jefe, lo hice, me la abrí, me desmayé. Luego me quedé quieto. El cuarto olía a sangre y a humedad. Y ahí empezó lo otro.

Compré una pachita jefe, ese mismo día. La destapé con los dientes pegándole a la mesa. Tomé y me ardió. Tomé y sentí silencio. Tomé y me dormí con la ropa puesta. Desperté y seguía vivo. Tomé otra vez. Y otra. Y otra, siempre hasta dormirme. Pero siempre despertaba y seguía vivo, siempre despierto así jefe, vivo.

El dinero duró poco. La chamba se volvió puerta cerrada tras puerta cerrada, insultos, lástima y desprecio. Yo llegaba a pedir trabajo y, en cuanto veían las manos, se les apretaba la cara. Yo decía “oiga, jefe, yo puedo barrer, yo puedo vigilar, yo puedo...”, y me daban una palmada y me decían “ahí luego”. Yo salía con el pecho hirviendo, pedía dinero en la calle, así como ahorita jefe y si me alcanzaba me compraba otra botella.

Luego vino la renta. No pagué. El dueño me sacó las cosas: una bolsa con ropa, una cobija, la foto doblada. Me senté en la banqueta mirando mis cosas; me salió esa risa otra vez. Y me fui. Me fui a dormir donde cayera.

Así llegué a la calle, jefe. Doce años. Tenía veinticinco cuando me cortaron la vida. Hoy tengo treinta y siete. Treinta y siete. Y míreme.

Aquí duermes con un ojo medio abierto. Aquí escondes lo poquito que traes pegado al cuerpo. Aquí te roban mientras respiras. Me han quitado zapatos, me han quitado chamarra, me han quitado cobija. Me han quitado hasta la foto una vez y la recuperé a golpes, a patadas, aventándome encima de un morro que se reía y corría. Me la devolvió más doblada, manchada, y todavía se rio.

Los polis también te enseñan. Te enseñan con botas: “muévete”, “quítate”, “lárgate”, “sáquese a la verga”. A veces te tiran el café. A veces te patean la bolsa donde guardas todo. Y tú te mueves. Siempre te mueves.

Cuando hace frío tomo más. El frío se mete por la espalda, por las orejas, por las grietas de la piel. Los muñones arden. Se me abren. Sale sangre, poquito y se pega a la manga; camino y siento el pegote. La gente se abre. Los niños me ven y los jalan. Las señoras se persignan. Los carros pasan y te avientan el aire sucio en la cara.

Y yo pido, jefe. Pido con esta voz que ya se me quedó: “oiga, jefe, ¿no tiene una moneda?” “oiga, jefe, ¿no tiene algo de comer?” Hay días que sí: me dan un taco. Hay días que me avientan una moneda sin verme. Hay días que me dicen “que Dios te ayude”. Hay días que me dicen “ponte a chambear” y se ríen. Hay días que hasta me invitan a comer, completo, con chesco, lo que yo quiera, pero son pocos jefe, son ángeles, pero yo, yo prefiero que me den dinero, para tomar, para quedarme dormido y no despertar.

Y ahora viene lo de ahorita. Lo de estos años. Lo de esta pinche época donde ya ni tu miseria es tuya.

Porque antes te miraban y se iban. Ahora te miran y sacan el celular. Ahora te apuntan una cámara. Ahora te ponen la luz en la cara. Ahora te hablan con voz de show.

“Eh, carnal, mire, mire, póngase acá.”

“Carnal, diga lo de la guillotina.”

“Carnal, enseña los muñones.”

“¿Ya vieron, gente, este carnal, puros likes”

“Bro, cuente lo de su esposa.”

Y yo aquí, con la panza hueca, con el cuerpo temblando, y el otro con uñas limpias y pantalla brillante, moviendo el dedo como director, pidiéndome que me rompa otra vez para que le suban numeritos.

La primera vez ni entendí. Fue en un crucero. Yo estaba pidiendo igual, diciendo “oiga, jefe”, y un morro se me pegó con un celular en la mano. Me lo puso cerca, cerquita, la cámara apuntándome a la cara. Se reía con los dientes chuecos.

“Estamos en vivo, raza.”

“Miren nomás a este pobre compa.”

“Diga, compa, ¿qué le pasó?”

Yo le dije que se quitara, le dije “quítate, cabrón”, y el morro se rio más.

“Se enoja, raza.”

“Denle like.” Decía.

“Compartan.”

Y yo vi el teléfono. Vi mi cara ahí: la piel reventada, los ojos rojos, la boca seca, la baba en la comisura, mi aliento a alcohol. Vi mi miseria convertida en cuadrito. Y abajo las letras pasando rápido, puro comentario.

“JAJAJA.”

“Qué asco.”

“Dale una chela.”

“Enséñales las manos.”

“Que cuente bien.”

“Que llore.”

Así te piden, jefe. Te piden que llores. Te piden que te rompas. Y el morro leyendo y riéndose.

Le pedí una moneda al morro: “si me vas a grabar, afloja algo culero”. Y el cabrón me dijo “al final, al final”. Y siguió. Y yo seguí hablando porque ya estaba ahí, porque ya estaba apuntado, porque cuando te apuntan te sientes atrapado; la calle se te vuelve jaula.

Al final me aventó una moneda, diez putos pinches pesos, pegó en el piso y rodó hasta un charco. Él se fue corriendo con su risa y su pantalla. Yo me agaché a agarrarla con los pulgares; la moneda estaba tibia del agua sucia. Me la guardé y me dieron ganas de vomitar, me compré dos tacos de canasta jefe. Ese día traía más hambre que coraje.

Desde entonces, cada semana sale, al menos uno. Sale uno con celular, sale uno con sonrisa, sale uno con el “buenas tardes, banda” pegado en la lengua. Sale uno con la palabra “contenido” en la boca aunque no la diga. Yo ni sé bien qué es eso, pero ¿sabe qué jefe? Que a veces yo los busco, pa' que me graben, pa' que me usen, pa' ver si me dan algo.

Una vez fue una morra con uñas largas y pestañas, de esas que te miran y ya te están usando. Se me paró enfrente con el teléfono en vertical.

“Hola, amores.”

“Estoy aquí ayudando.”

"Ayudando" dijo la hija de su puta madre. Lo dijo mirando a la cámara, no a mí. Traía un sándwich en una bolsa transparente y lo levantó para que se viera bonito.

“Vamos a darle de comer a este señor.”

Luego me volteó a ver con prisa, con esa prisa de grabar.

“Señor, ¿cómo se llama?”

“Cuente qué le pasó.”

“Diga un mensaje para la gente.”

Mensaje, jefe. Me pidió mensaje con el estómago chiflando, con los muñones ardiendo, con la boca reseca, con la cabeza reventada de pura pinche cruda.

Le dije que me diera el sándwich. Le dije “dame eso”. Y ella sonrió a la cámara.

“Vean, amores, está desesperadito.”

"Desesperadito". Así me dijo, ¿Cómo quería que estuviera? Pinche escuincla pendeja. Luego me acercó el sándwich a la boca para que yo diera una mordida y se viera “ayuda”. Yo mordí. Pan duro, jamón sudado. Me supo a gloria y a coraje al mismo tiempo.

Y cuando apagué tantito la mente para tragar, ella movió el teléfono y dijo:

“Listo, amores, ya cumplimos.”

“Dejen su like.”

“Compartan.”

Y se fue. Se fue sin darme la bolsa completa. Nomás me dio la mitad del sándwich. Se llevó el resto en la mano. Yo la vi alejarse con la otra mitad del sándwich que era mío y con la pantalla encendida, diciéndole a su amiga “Vamos a buscar otro”, y me quedé mascando aire, con la mordida todavía en la boca. Me quedé con el hambre viva y la baba caliente.

La miré irse y sentí como se me pudría el pecho. Me dieron ganas de corretearla y morderle la mano. Me dieron ganas de tirarla al piso. Me dieron ganas de arrancarle el teléfono a dientes. Mis pulgares se cerraron y se abrieron en el aire, agarrando pura rabia.

A veces te dan una moneda y te graban a escondidas. Lo sé porque lo he visto en reflejos: vidrios de carro, ventanas, pantallas negras; el brazo estirado, el teléfono asomado, la voz bajita diciendo “mira, mira”.

¿Sabe qué da coraje? Que hasta mi historia ya trae dueño. Yo me enteré.

Un carnal que también vive en la calle, uno que a veces me comparte un cigarro, me enseñó su celular un día. Me dijo “mira, compa, eres tú”. Yo me acerqué. Vi la pantalla. Me vi a mí.

Era un video. Yo estaba ahí, en ese mismo crucero. Yo estaba diciendo “oiga, jefe”. Yo estaba enseñando los muñones. Yo estaba contando lo de la guillotina. Y arriba, letras grandes:

“Oiga jefe.”

Mi cara abajo, mi voz abajo, y arriba ese título como sentencia. Y la gente comentando.

“Qué fuerte.”

“Denle algo.”

“Yo le daba trabajo.”

“Que se regrese a su pueblo.”

Y los numeritos subiendo. Cientos. Miles. Corazones, corazoncitos rojos flotando. Puros likes.

Desde entonces, cada que me apuntan, se me prende algo adentro. Se me prende una cosa caliente. Me arde detrás de los ojos. A veces me dan ganas de gritarles. A veces me dan ganas de escupirles. A veces me quedo quieto y hablo, porque el hambre también manda, porque el hambre te baja la cabeza.

Y aun así, jefe, lo peor no son ellos. Lo peor es que yo ya estoy entrenado. Ya me sé el guion. Ya sé dónde hacer pausa. Ya sé qué frase pega. Ya sé qué parte los hace abrir los ojos. Ya sé cuándo enseñar los muñones. Ya sé cuándo decir la edad. Ya sé cuándo mencionar a mi niña y su manita apretando mi índice. Ya sé cómo hacer que se sienta el golpe.

Y me da asco saberlo. Me da asco porque siento que me estoy vendiendo en pedazos.

Oiga, jefe… ¿sabe qué es lo peor de verdad? Que yo todavía escucho la máquina. La oigo aunque esté lejos. Se me mete en la cabeza cuando suena metal: cuando una puerta de lámina se azota, cuando un camión frena y truena, cuando alguien deja caer un tubo. Ahí regresa el golpe. Se me revuelve la panza. Me sudan los muñones. Me dan ganas de encogerme por dentro.

Y luego aparte el celular. La cámara. La luz. La risa.

Una vez un cabrón me puso un billete de cien enfrente. Cien. Lo movía entre sus dedos, jugando.

“Hazlo otra vez.”

“Enséñales.”

“Di ‘oiga, jefe’ con ganas.”

Yo lo miré. Le vi los dedos. Le vi la uña limpia. Le vi el billete. Le vi la cara con sonrisa.

Le dije: “dámelo.”

Me dijo: “primero el show.”

Show. Dijo show. A mí. Pinche culero.

Sentí que se me iba la sangre a la cabeza. Me acerqué. Le pegué un cabezazo con la frente. Lo sentí en el cráneo y en los dientes. El vato se fue para atrás y soltó el celular. Cayó, rebotó; se oyó el crack. La pantalla se abrió en telaraña.

La gente gritó. Unos se rieron. Otros sacaron sus celulares. Sacaron sus celulares para grabar el cabezazo, para grabar el pleito, para grabar al “manco loco”.

“Se puso loco.”

“Grábalo.”

“Grábalo. Pinche manco loco, peligroso, teporocho”

Así se escuchaba: “manco” … pendejos, lo que no tengo son dedos, muñones, pulgares, pero manco no jefe, manco no.

Yo vi eso y se me reventó algo. Me fui encima del vato, le metí rodillazos, lo agarré de la camiseta con los pulgares y lo jalé. Él me metió un puñetazo en la oreja. Me zumbó la cabeza. Me pateó en las costillas. Me dolió, me dolió y seguí.

Hasta que llegaron los polis. Llegaron rápido. Me patearon. Me pegaron con el tolete en la espalda. Me tiraron al piso y me aplastaron la cara contra el pavimento caliente. Sentí piedritas en los labios. Sentí la lengua raspada. Sentí el gusto a sangre.

“Ya estuvo, pinche mugroso.”

“Ya estuvo.”

El escuincle pendejo lloraba por su celular. Por su celular. No por su nariz, no por su ojo: por su puto celular.

Y la gente ahí, grabando, comentando en vivo.

“Se lo merecía.”

“Qué risa.”

“Puros likes.”

Otra vez. Puros likes.

Me dejaron ir porque al final siempre te dejan ir. Te madrean y te dejan ir. Te revisan pa' ver qué te chingan, pero siempre te dejan ir. Uno le dijo al otro "Ya Tavo, no mames no tiene dedos, ya déjalo". Me fui cojeando, con la oreja zumbando, con la espalda ardiendo, con la boca llena de sangre. Y en la noche, en un rincón, me limpié con la manga. Me quedé mirando mis muñones. Me los olí. Olían a metal y a sudor y a sangre seca. Me acordé del taller. Me acordé de la cuchilla. Me acordé de mi niña. Me quedé con la garganta apretada.

Y aun así, al día siguiente, volví al crucero. Volví porque el hambre no se apaga con orgullo. Y por el temblor, jefe, este pinche temblor del alcohol. Volví porque el cuerpo manda. Volví porque uno se vuelve animal de rutina. Volví y dije otra vez:

“Oiga, jefe… ¿no trae una moneda?”

Y ahí es donde lo veo a usted. Ahí es donde lo topo. Usted caminando con cara de prisa. Usted con sus manos completas. Usted con el celular guardado, ojalá guardado. Usted con ojos que todavía pueden ver algo más que pantalla.

Por eso le hablo. Por eso le digo “oiga, jefe”. Porque ya estoy harto de ser recuadro. Ya estoy harto de que me pidan llanto por likes. Ya estoy harto de escuchar mi voz en teléfonos ajenos.

Yo le pido una moneda. Una. Y si no trae, un pan. Y si no trae, una palabra que se quede conmigo un rato. Nomás eso.

Le digo la neta: si me da dinero, me dan ganas de tomar. Sí. Me dan ganas porque el alcohol me apaga la cabeza tantito. Me baja el ruido. Me deja respirar. Me quita el taller de encima. Me quita la cuchilla. Me quita el video. Me quita los comentarios. Me quita el “qué asco”. Me quita el “que se muera”. Me pone los dedos de vuelta.

Pero también como, jefe. También compro pan. También compro café. También compro sopa en vaso cuando se puede. Es que el trago te calla la mente, y la mente aquí es una cárcel.

Y todavía traigo la foto. Todavía. Toda doblada, toda manchada. No se la voy a pegar en la cara. Nomás se la enseño de lejos. Mire jefe, aquí está, esa es mi niña. Esa era mi niña. Tenía un año. Me apretaba el índice con su manita, fuerte, y yo sentía que la vida se acomodaba. Ahora traigo estos dos pulgares tercos y un hueco donde antes estaba todo, donde antes me apretaba ella. Su mano completa, completita con todos sus deditos, aquí mire, aquí donde estaba mi dedo índice…

Así es jefe, doce, doce años, doce años en la calle.

Oiga, jefe… no se vaya. Neta. Nomás una moneda. Nomás algo. Lo que sea.

Porque allá en la pantalla se juntan miles: miles de corazoncitos, miles de risas, miles de “qué fuerte”. Y aquí, en la banqueta, en el frío, en el hambre, lo que cae es una moneda que rueda al charco.

Puros likes, jefe. Puros likes.

¿Sí me da algo? Aunque sea para hoy. Hoy sí lo siento. Hoy sí me prende tantito el cuerpo. ¿Sí, mi jefe?

TORO NEGRO

ENE 2026

FIN

DESPUÉS DE LEER

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Oiga Jefe?

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