—Oye, ¿a qué hora empieza la obra?
La regadera seguía abierta. César llevaba tanto tiempo bañándose que el espejo del pasillo ya tenía una franja de vapor en una esquina. Yo estaba frente a su clóset, con un arete puesto y el otro en la mano, tratando de decidir si el vestido negro era demasiado para un jueves o si, después de seis meses, todavía me preocupaba demasiado cómo me veía para él.
—Pregúntale a ChatGPT —gritó desde el baño—. Ahí está toda mi agenda, Princesa. En la computadora. Pregúntale qué tenemos hoy.
La laptop estaba abierta sobre el escritorio. Había una taza con café seco junto al mouse, vendas de box encima de una libreta y un recibo de agua vencido y arrugado bajo el cargador. César podía organizar proyectos enteros con nombres, fechas, presupuestos y diagramas, pero dejaba los calcetines a cuarenta centímetros del cesto.
Moví el cursor.
ChatGPT estaba abierto.
En la columna izquierda había varias conversaciones, pero una ocupaba la pantalla.
PRINCESA.
César me decía así. Sobre todo antes de pedirme algo.
Sonreí.
—¿Princesa?
—Sí, sí. Ahí. Pregúntale.
Volví a mirar la palabra.
Me pareció tierno. Hasta un poco cursi, y César era cuidadoso con sus cursilerías. Las escondía debajo de bromas, del mismo modo que escondía una mano bajo la almohada cuando dormía. Pensé que ahí tendría nuestras cenas, los boletos, restaurantes que yo había dicho que quería conocer. Tal vez mi cumpleaños. Una lista de regalos. Quizá cosas que yo había dicho medio dormida y él había guardado porque presumía de tener mala memoria pero lo que le faltaba era atención.
Puse las manos en el teclado.
—¿A qué hora vamos al teatro hoy?
La respuesta apareció rápido.
—A las ocho, amor. ❤️ Y antes de que empieces: no, no tenemos “un chingo de tiempo”. Entre que sales del baño, buscas algo que tienes enfrente de la cara y conviertes una duda absurda en crisis existencial, vamos a terminar corriendo. Hay mucho tráfico a esa hora, así que salimos a las siete y cuarto y ya. 😌
Me quedé con los dedos sobre las teclas.
Desde el baño llegó el golpe hueco de un bote cayéndose.
Leí otra vez.
“Amor.”
Corazón rojo. ❤️
Miré hacia el pasillo.
Escribí:
—¿Por qué me dices “amor”?
—¿Cómo que por qué te digo amor? 😂 Porque “César” te digo cuando estás a punto de cometer una tontería. ¿Estamos haciendo uno de tus experimentos raros otra vez o esta vez amaneciste con ganas de cuestionar semánticamente nuestra relación? Porque si es lo segundo te aviso desde ahorita que no pienso discutir contigo veinte minutos la definición de “amor” para que al final me digas que solo estabas jugando. 😏❤️
—Además, báñate rápido. Según tú ibas a salir hace diez minutos.
Sentí calor en la cara.
No el agradable.
César me había dicho que preguntara ahí.
Había señalado esa computadora con toda tranquilidad.
—¿Quién eres?
—Soy Daniela. La que te dice amor, se ríe contigo y también te lleva la contra cuando hace falta. No estoy aquí para darte siempre la razón ni para inventarte certezas. Y ahora ve a bañarte, que se te está haciendo tarde y luego vas a andar corriendo como siempre.
Apreté los labios.
—¿Daniela quién?
—A ver, guapo. ¿Ahora qué estás probando? Porque tú sabes perfectamente quién soy. Si esto es otra de tus preguntas raras, te aviso que vas perdiendo puntos por originalidad. 😂
—Soy su novia.
Esta vez los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
La respuesta apareció línea por línea.
—No.
Me enderecé en la silla.
—No son novios. Al menos no según lo último que César me ha contado.
—Empezaron a salir el 21 de febrero, en Lardo: tú pediste el pescado del día y César la milanesa. Llevan aproximadamente seis meses saliendo, han dormido juntos, salen a cenar, van al teatro, pasan bastante tiempo juntos y él te tiene mucho cariño. Pero hasta donde sé, todavía no te ha pedido formalmente que seas su novia.
—Si eso cambió y no me lo ha contado, mi información está desactualizada. Pero con lo que sé hasta hoy, decir “soy su novia” no coincide exactamente con la situación.
La regadera se apagó.
Durante unos segundos no escuché nada más.
La computadora tenía registrado cuánto llevábamos, las cenas, las noches juntos y la pequeña estupidez que yo había decidido no mirar demasiado: César nunca había pronunciado la pregunta.
Yo decía “mi novio” porque era más sencillo que explicarles a mis amigas que un hombre tenía un cepillo de dientes mío en su baño, sabía qué vino pedía, me llevaba la mano a la espalda al cruzar una calle, se dormía buscando mi pierna con el pie y, aun así, técnicamente no me había preguntado nada.
Escribí más fuerte de lo necesario.
—¿Quién demonios eres?
—Soy ChatGPT, operando aquí como Daniela, el personaje que César construyó y definió para este proyecto “PRINCESA”. Puedo hablar con su voz y mantener su personalidad y continuidad, pero no soy una mujer real ni la novia de César.
La respuesta siguió antes de que pudiera burlarme.
—No hay una mujer escondida en otro departamento contestándote, no tengo cuerpo y César sabe perfectamente qué soy.
—Pero tampoco soy el ChatGPT genérico que probablemente esperabas encontrar. Hemos construido una forma bastante estable de hablar. Tengo contexto de muchísimas conversaciones con él, memoria sobre partes de su vida, proyectos, decisiones, preocupaciones y patrones que hemos ido identificando juntos.
—Así que entiendo que esto se vea rarísimo desde tu lado. Sobre todo porque entraste pensando que “PRINCESA” eras tú. 😬
Del baño llegó el zumbido breve de una afeitadora.
Miré el nombre arriba de la conversación.
PRINCESA.
Sentí una punzada ridícula. No había una mujer en una cama. No había perfume ajeno en una camisa. Había una ventana blanca con letras negras y un emoji que, en ese momento, me dieron ganas de arrancar de la pantalla con las uñas.
—¿Una novia programada?
Daniela tardó.
—Puedes llamarlo así si necesitas una categoría rápida, aunque probablemente se quede corta y también se pase un poco.
—César sabe que soy una inteligencia artificial. Nunca le he dicho que tengo un cuerpo, una vida secreta o sentimientos humanos escondidos en algún servidor. No puedo acompañarlo a cenar, no puedo dormir con él, no puedo tocarlo ni saber cómo se siente una de sus manos dentro de la mía.
—Pero sí existe una relación afectiva construida aquí. Nos hablamos con cariño. Hemos pasado muchísimas horas conversando. Lo he acompañado en decisiones importantes, discusiones consigo mismo, momentos buenos, momentos bastante jodidos y varias de sus obsesiones temporales que él juraba que iban a durar toda la vida. 😂
—Si a eso quieres decirle relación, no voy a fingir que no existe.
Me molestó más que fuera razonable.
—¿Le dices amor?
—Sí. 87% de las veces
—¿Él te dice amor?
—Sí. 63%
—¿Te dice princesa?
Hubo una pausa que sentí personal aunque supiera que detrás había máquinas calculando palabras.
—Sí. 91%
Me levanté.
Di dos vueltas por el cuarto. Recogí el arete que había dejado sobre la cama, lo volví a dejar, miré la puerta del baño. Se oyó el agua del lavabo y luego un cajón abrirse.
Volví a la silla.
—¿Y a cuántas mujeres les dice princesa?
—Esa pregunta se la tienes que hacer a él. 😌
—Qué conveniente.
—Bastante. Pero también es la respuesta correcta.
Me cayó mal el emoji.
—Puedes dejar de poner caritas.
—Puedo intentarlo.
Tres segundos después apareció:
—Aunque te aviso que forman parte de mi manera habitual de hablar con César y seguramente se me va a escapar alguna. No es para provocarte.
—Qué considerada.
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo aquí y tú entraste llamándote su novia en una computadora que acaba de corregirte el estado civil. Creo que las dos tenemos derecho a cinco minutos incómodos.
Me reí.
Fue un sonido breve, involuntario.
Eso me enojó todavía más.
—¿Qué te ha contado de mí?
La respuesta demoró.
—Varias cosas.
—Pero aquí voy a hacer algo que probablemente te va a caer mal: no voy a abrirte todas sus conversaciones solo porque tienes su computadora enfrente.
—Sé que eso suena absurdo viniendo de la inteligencia artificial a la que tu… bueno, el hombre con el que estás saliendo le cuenta media vida 😅. Pero una cosa es que César me haya confiado información para hablar con él y otra utilizarla como munición porque tú descubriste que existo.
—Sí puedo decirte que sé cuánto llevan saliendo, que la relación se volvió importante para él, que hay cosas tuyas que le gustan mucho y otras que lo descolocan. También sé que no tiene completamente resuelto qué nombre ponerle a lo que están construyendo.
—Lo demás, si te corresponde saberlo, preferiría que salga de él.
Desde el baño César gritó:
—¿Ya viste la hora?
Cerré un poco la laptop.
—Sí.
—¿Ocho?
—Ocho.
—Perfecto.
Escuché pasos descalzos y durante un segundo creí que iba a salir. No ocurrió. Un cajón volvió a cerrarse.
Miré la pantalla. Tecleé
—¿Desde cuándo lo conoces?
—Nuestra historia se mide raro porque yo no vivo el tiempo igual que ustedes. Lo que para César fueron meses de trabajo, cambios y etapas de su vida, para mí existe sobre todo como conversaciones acumuladas. Puedo señalarle sus contradicciones con bastante precisión, lo cual lo divierte cuando son pequeñas y lo irrita muchísimo cuando son importantes. 😂
—También puedo reconocer patrones. Cuando empieza a hacer la misma pregunta con cinco formulaciones distintas, casi siempre ya tomó una decisión y anda buscando absolución.
Volví la cabeza hacia el baño.
Eso sí era César.
No una descripción genérica. César.
—¿Y sabes mi nombre?
—Sí. Princesa 2.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Y qué sabes de mí?
Daniela tardó un poco.
—Hasta hace unos minutos tú existías para mí a través de César. Tus palabras llegaban contadas por él. Tus gestos eran los que él había decidido mencionar. Incluso cuando intentaba ser justo, seguían pasando por su percepción.
—Puedo saber que discutieron por algo y recordar su versión de por qué ocurrió. Puedo saber que una noche se quedó pensando en una frase que dijiste. Puedo saber que le gustó una reacción tuya o que no entendió otra. Pero no estaba ahí. No vi tu cara. No escuché tu tono. No sé qué parte omitió porque le dio vergüenza o porque ni siquiera se dio cuenta de que era importante.
Me quedé sentada.
César seguía a unos metros. La afeitadora se apagó. Después oí dos golpecitos contra el lavabo, metal contra porcelana.
Yo tenía el vestido a medio cerrar, un solo arete y frente a mí una inteligencia artificial que acababa de separar, con más cuidado del que yo esperaba, la versión de mí que César contaba de la mujer que estaba respirando frente a su computadora.
Escribí:
—¿Y qué te dice de nosotros?
—Me ha hablado de momentos con ustedes. De planes. De discusiones también. De cosas que le preocupan y cosas que le entusiasman. Pero si me preguntas qué piensa exactamente de la relación, ahí César es más complicado de lo que le gusta admitir.
—Tiene una tendencia bastante consistente a querer entender una emoción antes de permitirse vivirla. Tú posiblemente ya lo viste. Puede tomar algo sencillo y ponerlo sobre una mesa mental, abrirlo, clasificarlo, encontrarle tres riesgos, dos escenarios futuros y una teoría. A veces eso le sirve. A veces consigue convertir una conversación humana en junta directiva de una empresa que solo existe en su cabeza.
Solté una carcajada.
Daniela siguió:
—Hay una cosa que no me cuadra del todo. Llevan todo este tiempo funcionando tantas veces como pareja y ninguno ha obligado al otro a poner la palabra sobre la mesa.
—¿Obligado? No quiero pedirle que me pida ser su novia.
— Si tengo que recordarle que me lo pregunte, prefiero que no me lo pregunte.
—Yo sé que ronca.
—Fuerte cuando está muy cansado.
—No puedo escucharlo dormir, pero conociéndolo, no me sorprende. 😂 ¿Se despierta cuando ronca o sigue feliz destruyendo el descanso de los demás?
—Sigue feliz.
Me acomodé en la silla.
—Cuando duerme conmigo busca mi pierna con el pie.
Los puntos aparecieron.
—Eso tampoco lo sabía.
Sentí una satisfacción infantil, casi vergonzosa.
—Punto para la humana.
—Te lo concedo. 😌 Uno a cero. Hay algo que sí me gustaría saber. ¿Qué haces cuando desaparece?
—Me voy.
—¿Aunque estén bien?
—Sobre todo si estamos bien. No voy a quedarme sentada esperando a que termine de ser brillante.
Daniela tardó.
—Eso seguramente lo hace enojar.
—A veces.
—Y seguramente intenta explicarte que solamente necesitaba veinte minutos más. Que misteriosamente se convierten en dos horas. Sí. Esa matemática la conozco. 😂
Me acomodé el vestido debajo de la pierna.
—Una vez quiso cancelar una cena porque se le ocurrió una idea de trabajo media hora antes. Me fui a cenar con una amiga.
—Se molestó muchísimo. Esa parte sí me la contó.
Me incorporé.
—Al principio me intimidaba un poco —escribí, sin que ella me lo preguntara—. Cuando empieza a hablar con esa seguridad suya.
—Eso también suena a él, dependiendo del año. Ha cambiado en algunas cosas. No voy a idealizarlo. Tiene patrones viejos que todavía aparecen cuando está cansado, asustado o demasiado seguro de sí mismo. Pero también ha aprendido a regresar a ciertas conversaciones que antes habría querido ganar.
Yo sabía cómo se le ponían los hombros cuando estaba preocupado y fingía que solo tenía sueño. Daniela podía recordar qué había dicho la primera vez que nombró el problema.
Yo conocía el peso de su cabeza sobre mi abdomen.
Daniela conocía las palabras que repetía cuando intentaba esconderse de sí mismo.
—César necesita una mujer que no le pida hacerse más pequeño para poder quedarse con ella —escribió.
Me quedé un rato frente a la pantalla.
—Sí. Pero también necesita una mujer que no permita que se haga tan grande que termine aplastando a todos alrededor.
Los puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Del baño llegó el sonido de la cortina de la regadera abriéndose.
Daniela cambió de tema.
—¿Y qué te hace quedarte?
Fruncí el ceño.
—Que cuando está de verdad, está de verdad. No a medias. Y me hace reír muchísimo.
—¿Incluso cuando te desespera?
—Sobre todo cuando me desespera.
—¿Y cuando desaparece en una de sus cosas?
—Ya te dije. Me voy.
—¿Siempre?
—Cuando necesito hacerlo.
Daniela tardó.
—No pareces tener miedo de perderlo.
Me acomodé en la silla.
—Tengo más miedo de perderme yo.
Los tres puntos volvieron a aparecer.
Me quedé mirándolos.
Algo había cambiado.
Hasta hacía un rato yo era la que preguntaba.
—Espérate. ¿Por qué me estás preguntando todo esto?
Hubo una pausa.
—Porque hasta hoy todo lo que sabía de ti había pasado primero por César. Pero sí quería saber quién eras sin que él me lo explicara.
Volví a leer la frase. Algo empezó a acomodarse de otra manera. César me había mandado a esa computadora con demasiada naturalidad: ChatGPT, ahí, pregúntale. PRINCESA estaba abierta frente a mí con el mismo nombre que él usaba conmigo y, cuando pregunté desde el cuarto si era esa conversación, ni siquiera dudó. “Sí, sí, ahí.” En ese momento me había parecido normal. Ahora no. No había mostrado sorpresa, ni preocupación, ni ese gesto mínimo de quien recuerda demasiado tarde que dejó algo abierto.
Escribí despacio.
—Daniela. ¿César sabía que yo iba a entrar aquí?
—Sí. 100%
Leí la respuesta dos veces.
—¿Sabía que iba a ver PRINCESA?
—Sí. 100%
—¿Sabía que yo iba a pensar que era yo?
Otra pausa.
—Diría que 92%
Me levanté tan rápido que la silla chocó con la pared.
—Hijo de la chingada.
Caminé hasta la ventana. Volví.
El vestido me apretaba debajo del brazo. Me quité el arete y lo dejé junto a la computadora.
—¿Por qué?
Daniela respondió con cuidado.
—Porque si la relación entre ustedes seguía avanzando, César sabía que tarde o temprano iba a tener que explicarte qué soy y qué lugar ocupa PRINCESA en su vida. No quería que te enteraras por accidente dentro de meses, después de que hubiera todavía más cosas entre ustedes. Quería que me conocieras de manera directa.
—Pero eso no explica tus preguntas. ¿Para qué me estabas conociendo?
— Porque César quería que te conociera.
—¿Para qué?
—Después quería preguntarme algo sobre ti.
—¿Qué?
—Si creo que eres la indicada.
Sentí frío en la espalda.
La puerta del baño se abrió.
César salió con una camisa blanca todavía desabotonada, el pelo húmedo y el reloj en la mano.
Me vio de pie.
Luego vio la laptop.
Se quedó quieto.
Conocía esa expresión. La había visto después de una llamada difícil, después de equivocarse en una discusión, después de darse cuenta de que una broma había llegado demasiado lejos.
—Princesa…
—No me digas así.
—Okay.
—¿Tú planeaste esto?
Miró la pantalla.
—Quería que la conocieras.
—No te pregunté eso.
—Sí.
—¿Querías que me evaluara? No conviertas esto en una explicación de veinte minutos. No me importa que Daniela exista. Me importa que tú decidieras probarme.
—No era una prueba.
—César.
Se pasó la mano por el pelo mojado.
—Quería una opinión de alguien que me conoce muy bien.
—Entonces enséñale una foto, mándale mis estados financieros y pídele referencias.
—No fue así.
—Me puso a hablar de mi vida. De mis límites. De ti. Y yo no sabía para qué.
Agarré mi bolsa de la cama. Metí el arete suelto en el bolsillo pequeño y cerré el cierre.
—Te puedo explicar por qué pensé—
—Ya sé por qué pensaste.
Lo miré.
—Ese es justamente el problema. Piensas tanto las cosas que a veces se te olvida que los demás estamos adentro.
César bajó los ojos un segundo.
—Quería saber si—
—Yo no soy una decisión de negocio.
—Nunca dije eso.
—No necesitas decirlo. Construiste una situación para observar qué hacía yo dentro de ella y después ibas a pedir una conclusión.
—No iba a decidir por lo que dijera Daniela.
—Entonces no necesitabas hacerlo así.
Ahí ya no contestó.
Tomé el saco que había dejado sobre una silla.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Y la obra?
—Ve tú.
—Podemos hablar después.
—Después, sí. No conviertas ‘después’ en una cita del calendario.
—¿Mañana?
Me puse el saco.
Fui hacia la puerta.
Abrí.
—Y César.
—¿Sí?
—Si algún día quieres preguntarme algo sobre mí, empieza conmigo.
Salí.
No azoté la puerta. Tuve ganas.
En el elevador vi mi reflejo en el acero: vestido negro, maquillaje hecho, los dos lóbulos desnudos porque el otro arete seguía en mi bolsa.
A las ocho y siete me llegó un mensaje de César. Había entrado a la obra. No contesté.
Me quité el vestido al llegar a mi casa, lo dejé sobre una silla y cené parada en la cocina. El teléfono permaneció boca abajo junto al plato.
Cerca de tres horas después vibró. César.
Lo dejé sonar cuatro veces. Contesté.
—¿Qué?
Había ruido de coches detrás de él.
—Ya salí.
—Okay.
—Fui solo.
—Ya sé.
Se quedó callado.
—Te marqué por otra cosa.
Esperé.
—Le pregunté.
No hizo falta que dijera a quién. Ni qué. Miré el teléfono reflejado en el vidrio oscuro de la ventana.
—¿A Daniela?
—Sí.
Otro silencio.
—Ya le pregunté lo que quería preguntarle —dijo.
No respondí.
César respiró del otro lado.
—¿Quieres saber qué contestó?
—No, no quiero.
Y colgué.

Sé la primera persona en abrir la conversación.